La visita

Por Francisco Zúñiga Esquivel

 

Cómo novio enamorado, José compró un ramo de flores para llevarle a su amada. Ese día vistió sus mejores ropas, que quizá en una fiesta de gala no le servirían ni al mesero, pero para él cumplían todos los requisitos de la elegancia.

Bien vestido, bien arreglado, José partió a su cita.

Como cada domingo, encaminó sus pasos a la morada de su amada.

Recordó la primera vez que tuvo una cita con ella. Lo esperaba en el parque de la colonia, bajo la sombra de un álamo.

Era un día de mucho sol, y su vestido blanco tomaba un brillo casi enceguecedor. Así deben verse los ángeles, pensó José, y desde entonces se prometió amarla por siempre.

Veinte años habían pasado, y seguía cumpliendo.

Hubo de todo en esas dos décadas. Sinsabores, pobreza, alegría, tiempos de jauja, y muchos momentos a solas, de íntima comunión de sus almas y cuerpos.

Ahora, la vida había dispuesto caminos distintos, pero él seguía siendo fiel a su promesa.

Se encaminó a donde ella siempre lo esperaba, igual, debajo de otro álamo, igual envuelta en una blancura similar a la de la primera vez. E igual que siempre, él temblaba con la misma emoción.

Esta vez había mucha gente, como si fuera domingo especial. Gente que nunca vio en sus visitas dominicales.

-Que irónico- pensó- nunca tienen tanta vida los panteones como el día de los muertos.

Ahí estaba don Ramón, que cada año viaja para visitar a su papá-

Con lo que junta de su venta de elotes por las calles, aunque le da por regalar muchos, le alcanza para pagar el viaje de dos horas desde la ciudad, al pueblo donde ve a su padre.

Le lleva algún regalito, casi siempre lo mismo. No sé si platica con él, ni que le dirá. Tal vez le cuente cómo han crecido los nietos y bisnietos. Tal vez le relata sus problemas y sus triunfos.

Tal vez sólo se siente junto a él y pasan un buen rato juntos. Como cuando don Ramón era niño.

Así será mientras tenga fuerza para el viaje, que dado sus exiguos ingresos, debe ser una proeza.

Pero el amor a su progenitor lo mueve.

A su madre la ve más seguido, porque está sepultada en Monterrey. Su padre no, se quedó allá en su tierra.

Por eso, igual que José, lo visita puntual, cada año, el dos de noviembre. Porque el amor, en cualquiera de sus formas, trasciende cualquier frontera, incluso la de la muerte.

 

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