Por Francisco Zúñiga Esquivel
Café y lectura, ideal para un domingo por la mañana.
A un lado, Emiliano, que es mi resiliencia principal, corrige lo que escribo.
Pierde su tiempo, que por ahora es mucho, viendo videos y jugando videojuegos. No, aclara, extiendo mi tiempo, porque es poco. Por eso se levantó a las 4.30 de la mañana, para aprovecharlo y extenderlo.
Dice que no podía dormir, y optó por levantarse a hacer lo que más le gusta: jugar Roblox.
Como si a sus 12 años no tuviera toda una vida para hacer eso y muchas otras actividades por pura diversión y curiosidad.
Los mayores no pueden, tienen que trabajar, sobrevivir, aunque les quede poco tiempo para vivir, como lo hacen Emiliano y los de su edad. Ellos viven, disfrutan, ríen, no ven el reloj ni se preocupan por el lunes ni los horarios.
Los grandes nos preocupamos por pagar recibos y que no nos corten el agua o la electricidad. Nos preocupa la hipoteca de la casa y extendemos el presupuesto para cubrir las mensualidades de un carro que quizá esté por encima de nuestras posibilidades y necesidades. Ah, pero lo merecemos, nos decimos.
Con justa razón, porque ese gusto es parte de vivir. De tener esa alegría de comprar lo que nos gusta, por el simple hecho de disfrutarlo.
Lástima que a veces perdemos ante las cosas comunes, esas que no cuestan y se disfrutan más. Es que ya no hay refacciones para nosotros, o dime dónde las hallamos, me pregunta alguien.
En la resiliencia, claro.
Están en nuestra mente, ahí se renuevan siempre. Muchos hablan de resiliencia, porque se volvió moda, pero yo distingo entre ella y el estoicismo. Casi todos somos estoicos, porque aguantamos el sufrimiento y aprendemos a vivir con el. Somos resilientes, decimos.
No lo creo. ¿Qué aprendimos de los malos momentos? Y, sobre todo, ¿qué beneficio le sacamos?
Resiliencia es caer de espaldas, y en vez de dolerte, sentir que es una espectacular oportunidad para ver el cielo. Y si es de noche, las estrellas.
O ver partir a un ser amado, y entender que ese dolor templa el alma, que la muerte y el dolor no son exclusivos de nosotros, sino parte de esa Vida que tanto deseamos sea eterna. Sentirlos es estar vivos.
Resiliencia es darle sentido al sufrimiento, diría Víctor Frankl. Hallarle algo bueno a todo lo malo que nos pasa, agregaría yo.
Y Emiliano, el niño que a su corta edad se ha convertido en todo un maestro de la Universidad de la Vida, gracias a su lógica infantil irrefutable, me dice que para qué preocuparse por el futuro, si el presente es tan espléndido.
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