El regreso del Oso I: Reclama su territorio y su habitat original

  • Luego de décadas de ver reducido su territorio por el crecimiento urbano en la entidad, el Oso Negro está de regreso, y debemos aprender a convivir con ellos, pues son los dueños originales de las Montañas

Durante siglos, el oso negro nativo de Nuevo León vivió con tranquilidad en las zonas boscosas, pero en la década de los setentas del siglo pasado, su hábitat sufrió la invasión permanente de quien se ha convertido en el principal enemigo de la ecología: El humano.

En la actualidad, reducido su territorio, el oso negro ha tenido que penetrar en la zona de donde fue exiliado, principalmente el busca de comida, y ciertos fenómenos, como las sequías, la falta de alimento, los impulsa a entrar incluso en las lujosas zonas residenciales.

En lo que va del año se han dado alrededor de 600 avistamientos de oso en la entidad, lo que ha generado alarma entre la gente que vive en las zonas boscosas, pero también entre la autoridad.

Muchos de esos avistamientos quedan registrados gracias a las cámaras de los smartphone. En la Facultad de Ciencias de la Comunicación, por ejemplo, los osos se confunden con los estudiantes, bajan a las zonas de jardines, y como cualquier adolescente, su lugar preferido es la “cafeta”, porque ahí siempre encuentra comida, restos del almuerzo o merienda de los muchachos.

Hay historias muy graciosas, como la de los oseznos captados mientras jugaban al fútbol; un oso disfrutando de la regadera en una alberca; el que vació el refrigerador y se comió hasta los tamales; EL de la joven que rentó unas cabañas en Santiago, y mientras preparaban el carbón, apareció un oso que se comió toda la carne que iban a asar.

No todos ríen de las anécdotas ni ven a los osos con simpatía. Recientemente, la Unión de Colonos de Olinalá, un exclusivo sector en San Pedro, repartió dispositivos fabricados con tablas y clavos a residentes como medida para ahuyentar a los plantígrados, ante el incremento en los avistamientos de osos.

La medida causó indignación entre los vecinos y defensores de los animales por las graves lesiones que podrían infligir a la fauna silvestre.

La estrategia busca evitar que los ejemplares ingresen a las viviendas de la zona residencial. Sin embargo, la efectividad de la medida pasó a segundo plano frente al rechazo ciudadano en redes sociales y la preocupación por la integridad de los plantígrados que habitan el sector montañoso.

Habitantes de la zona catalogaron la iniciativa como una falta de sensibilidad y de manejo adecuado ante la coexistencia con la fauna local. Cristina Marmolejo, vecina del sector, señaló en Facebook que la medida evidencia una falta de educación ambiental y cuestionó el deficiente manejo de residuos en las residencias, así como la omisión de métodos amigables con el entorno.

Dicha estrategia se realiza en algunas zonas de los Estados Unidos y Canadá, pero con limitaciones, y sólo cuando existe una visita reiterada de un ejemplar. Sin embargo, no está autorizada, porque representa un peligro para los osos, pero también para los elementos de cuerpos de rescate en caso de una emergencia, dado que se ocultan bajo la nieve.

No es de peluche

El crecimiento de los fraccionamientos hacia las laderas de la sierra ha borrado la frontera entre la civilización y la montaña. Este estrechamiento del territorio incrementa las probabilidades de interacción, pero el verdadero peligro radica en la conducta humana frente a la fauna silvestre.

“El oso negro no es el oso cariñoso, no es el oso de juguete”, advirtió Erik Cavazos Cavazos, director de Protección Civil del Estado de Nuevo León. “Tenemos que aprender a convivir con él; está en nuestra sierra. Afortunadamente no se ha presentado ningún ataque hacia alguna persona, pero la clave es respetar su espacio”.

Pese a las advertencias, la costumbre de ciudadanos de acercarse para tomarse fotografías, grabar videos o buscar la cotizada selfie representa un riesgo crítico. El oso negro es un depredador con una fuerza imponente y garras diseñadas para romper cortezas y rocas. Su aparente calma en calles pavimentadas no elimina su instinto animal ante cualquier gesto percibido como amenaza.

“No debemos olvidar que por simpático que parezca, el oso es un animal montaraz, no sabemos cómo va a reaccionar, y si se siente amenazado o se asusta, se puede volver agresivo”, aclaró Jesús Rodríguez, veterinario especializado en animales exóticos.

En Nuevo León vive el oso negro americano, Ursus Americanus, que generalmente es de color negro, y mide unos 60 centímetros de altura, sobre sus cuatro patas, y unos tres metros de largo. Puede pesar unos 300 kilos, y regularmente el que vive en la entidad, pertenece a la subespecie conocida como Eremicus, está en peligro de extinción.

Hace siglos existió el Oso Grizzly en la región, considerado uno de los mamíferos más grandes de México, pues alcanzaba una altura de 1.83 metros y un peso de 320 kilos, pero la caza indiscriminada terminó por extinguirlo. En 1974 fue declarado oficialmente desaparecido.

El veterinario Rodríguez explicó que los osos negros bajan a zonas habitadas porque el crecimiento de la ciudad ha invadido su hábitat natural en las montañas, y se reduce considerablemente el área donde buscan su alimento. Si a esto le agregamos que en la zona urbana hallan comida fácil en los botes de basura, donde siempre hay restos de fruta o grasa, es fácil entender porque buscan alimentarse con menos esfuerzo que en la sierra.

El problema es que mucha gente les deja comida, y, por otra parte, las madres osas enseñan a sus crías a buscar desperdicios en las calles y abrir botes de basura, y eso convierte su visita en un hábito constante.

El avance de la ciudad

Los osos tienen su hábitat en el Parque Nacional Cumbres, declarado así en 1939 por el entonces presidente Lázaro Cárdenas, pero con controles de desarrollo urbano escasos o inexistentes, era sencillo construir. A finales de los años 60 y durante toda la década de 1970 fueron trazándose desarrollos residenciales de baja densidad en las faldas de la Sierra Madre, principalmente en San Pedro Garza García, con Olinalá, Chipinque, Palmillas, y en Monterrey, en la zona de El Uro o Santibáñez.

En principio eran casas de campo dentro de un bosque de pino-encino, pero con los años se convirtió en una zona exclusiva.

A partir de 1990 se dio una gran expansión, lo que generó una demanda inmobiliaria de alto poder adquisitivo, lo que generó una redefinición de reglas. El 17 de noviembre del año 2000, se emitió un nuevo decreto federal, que redujo límites del Parque Nacional Cumbres de Monterrey, y su poligonal quedó en 177,395 hectáreas. También se regularizaron los asentamientos previos, lo cual formalizó el desarrollo inmobiliario en las laderas, consideradas zonas de transición, con lo que se autorizó la construcción de grandes fraccionamientos cerrados y conjuntos residenciales en zonas de alta pendiente.

Todo esto fue ahuyentando la fauna en general, compuesta no sólo por osos, sino por pecaríes, zorros, coyotes, tlacuaches, Venado cola blanca, coatíes, pumas, gatos monteses, y en total, unas 700 especies distintas.

 

CONTINUA: Ellos no invaden, vuelven a casa

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