Mi vida por mi teléfono

Por Francisco Zúñiga Esquivel

Tanta importancia tuvo su teléfono celular para una mujer, que regresó a la muerte de la que la acababan de salvar y de paso se llevó a quien, de nueva cuenta, quiso sacarla del infierno de agua donde se encontraba.

Dos muertes, dos vidas desperdiciadas en lo que parece ser la adicción a las redes, a estar comunicado y a la tecnología, todo porque la mujer recordó que su teléfono se le quedó en el coche y quizá no podía vivir sin él. Murió sin él, porque las aguas embravecidas se la llevaron antes que pudiera llegar..

Todos hemos regresado por él al auto, pero en este caso, la señora, con 72 años, se había quedado con su vehículo en medio de una fuerte corriente de agua, que amenazaba arrastrarla. A esa edad, es difícil tener la fuerza para emprender una lucha contra la naturaleza, por lo que estaba en una muerte segura, pero encontró un alma caritativa que la ayudó a salir.

Cuando ella regresó, la lluvia insistió en cobrar su cuota mortal, y fue cuando el agua los envolvió y se los llevó, a ella y a su salvador.

La tecnología se ha vuelto una adicción. Decía alguien que su esposa siempre fue fiel, hasta que se encontró con Facebook, porque no lo soltaba y hasta a la cama se lo llevaba.

Hay un montón de estudios que analizan cómo las redes sociales incrementaron la infidelidad, el tiempo frente a la pantalla, pero muy pocos reparan en cuántas relaciones de pareja se han perdido, sin que caigan necesariamente en divorcio, porque una de las partes se endiosa con las redes.

Al grado de perder tiempo, convivencia, y, en este caso, la vida.