Por Francisco Zúñiga Esquivel
Los muertos y ejecuciones ya no nos asustan a los regiomontanos, pero nos preocupan, sobre todo en vísperas de un evento como es el Mundial de Fútbol.
Qué imagen vamos a dar al mundo. La de una ciudad envuelta en sangre y fuego, con una policía que siempre llega tarde al lugar de los hechos.
El detalle es que no vemos que a las autoridades les ocupe de manera efectiva controlar toda esa violencia que vivimos a diario en todas partes de la ciudad, y determinar hasta que grado pueden estar involucrados sus elementos, de cualquier nivel.
Las estadísticas son números y estos se prestan a juego. A ver, dijo alguien, ¿qué va primero, el dos o el 1?
El uno, dijeron todos. Sí, respondió, pero en el 21, se amoló el 1.
Los acomodamos, omitimos algunos dígitos, y tenemos resultados favorables.
Sí, ha bajado el índice de homicidios, pero la impunidad no. Preguntémonos: ¿Cuántos homicidios han evitado?
El número, si lo hay en los últimos meses, es mínimo. En los retenes no caen ni moscas. Y las que atrapan están limpias de todo.
No queremos pensar que en los días de juego ocurran una matanza de esas que ya no ocurren. O una jornada de diez ejecuciones por diversos rumbos de la ciudad.
En días pasados asesinaron a un sinaoloense junto a un complejo comercial y habitacional de Valle Oriente, relativamente cerca de donde se hospedarán los jugadores de las selecciones nacionales que vienen a jugar aquí.
Es circunstancial, seguramente, pero siempre incide en la percepción de inseguridad que tenemos. Ni San Pedro, ni Monterrey, mucho menos Zuazua o Ciénega de Flores están blindados. Los delincuentes andan por todos lados, los puntos de venta todos los conocen. Menos la autoridad.
Ojalá que al menos esos días los japoneses, sudafricanos, coreanos y tunecinos que lleguen a ver jugar a sus connacionales vean más goles que muertos, porque estarán unos días y se van a sus países.
Nosotros, en cambio, nos quedamos aquí, en una ciudad que se ahoga en la sangre de tanto ejecutado.











