Por Francisco Zúñiga Esquivel
Tengo un amigo influencer. Dice que ya no sabe cómo hacerle, porque todas sus grabaciones que hace en la calle, están infestadas de ladridos, obviamente de perros.
Hay unos que no se cansan nunca, ladran todo el día y toda la noche, cuenta con desencanto.
Su problema es menor frente al que enfrentamos todos los ciudadanos con la gran cantidad de perros y gatos que andan sueltos por la calle, literalmente como animalitos sin dueño.
Muchos de ellos alguna vez tuvieron un hogar, pero crecieron, dejaron de ser graciosos o simpáticos, y sus dueños optaron por dejarlos en cualquier calle donde, desorientados, no pudiera regresar.
Los amantes de los animales han luchado mucho para que no los sacrifiquen, lo cual está muy bien, pues esos perritos y gatos merecerían mejor suerte.
Pero no aportan una solución viable para los problemas sociales que causan. Se calcula que anda medio millón de perros, principalmente, y gatos, en las calles de nuestra ciudad, sin control alguno, sin vacuna, buscando qué comer y sobreviviendo como pueden. Si en alguna casa les dan algo de comer se encariñan y se vuelven celosos guardianes de banqueta.
Pero la mayoría forma jaurías, cazan lo que hallan, principalmente gatos, y defecan en cualquier sitio. Las heces se vuelven polvo, flotan en el aire y se posan en los sabrosos taquitos callejeros que todos comemos algún día a la semana. Y lo respiramos.
Así cundió la peste en la Edad Media.
Se de gente que sale con su bolsa de croquetas para alimentar perritos abandonados, y quienes tienen diez o más mascotas rescatadas de la calle. Pero no es suficiente.
La verdad es que nadie va a adoptar a la mayoría de esos animalitos, que sobrevivirán, se volverán feraces y podrían convertirse, un día, en un peligro para todos.











