Por Francisco Zúñiga Esquivel
Si el Mayo Zambada pudo sobrevivir medio siglo como principal operador del Cartel de Sinaloa, como afirman las autoridades norteamericanas, seguramente fue porque, como dirían los viejos políticos mexicanos, supo salpicar.
La logística de llevar droga a los Estados Unidos, principal mercado de adicciones en el mundo, requiere no solamente una planeación estratégica, sino de mucha audacia y toda una red de colaboración, que muchas veces consiste en mirar a otro lado cuando pasa cierta gente.
No dudamos en absoluto que el Mayo Zambada, igual que Joaquín El Chapo Guzmán y el que le ocurra, repartió sobornos entre mucha gente. Miles, porque fue mucho tiempo.
Pero seguramente tampoco fue a manos llenas y sin ton ni son, porque, aunque ilegal, era una empresa y había que cuidar ganancias.
Hace unas semanas el New York Times publicó un reportaje donde dos periodistas viajaron con un narcotraficante para llevar un cargamento de fentanilo a los Estados Unidos, y narran con detalle todo el proceso, incluido el soborno que reparten en la frontera a un agente norteamericano que les advierte de un operativo, que si bien los obligó a perder tiempo, salvo el cargamento.
Hay corrupción en México, y es imposible negarla. Pero cruzando el Río Bravo también se da, por eso el tráfico de drogas se da con éxito.
Lo interesante en el caso del Mayo Zambada no es que nombres mexicano dirá, porque es cualquier analista del narcotráfico lo puede adivinar.
Lo que nos gustaría es saber quiénes de aquel lado están coludidos, porque por cada persona que lleva droga a través de la frontera, hay otro que la recibe y un sinfín de manos que la reparten.











