Por Francisco Zúñiga Esquivel
Desde las mieles de la opulencia es muy fácil juzgar como bárbaros a quienes hacen malabares, que nosotros no haríamos nunca, para sobrevivir.
Con el estómago lleno y el celular de última generación en la mano, no entendemos cómo puede una madre explotar a sus hijos, casi bebés, poniéndolos a pedir en la calle.
El detalle es que no entramos en las causas de esa gente.
Ver a María N., una mujer con vestimenta autóctona, detenida por explotación infantil, nos hace preguntarnos donde está la justicia. Porque una cosa es la ley, y otra la justicia.
Como también una cosa es la explotación y otra la necesidad.
María, que en su nombre parece llevar su destino, es de Chiapas, una entidad donde no hay muchas oportunidades de trabajo, y donde ni el Ejército Zapatista con sus arengas mediáticas logró sacar del oscurantismo proverbial.
Quizá los chiapanecos soñaron que ahora que Andrés Manuel López Obrador se fue a vivir entre ellos, al menos los recomendaría ante la Presidenta Claudia Scheinbaum para que les lleve fuente de trabajo.
Pero los mando a su rancho, o un lugar con el mismo nombre, como lo han hecho todos a lo largo de la historia.
María es la representación de todo un pueblo, donde la única explotación que existe es la que les impone su pobreza, y la sociedad que los condena desde su comodidad económica.
Reprobamos sin conocer sus motivos, a esas mujeres que en la calle, en medio de un crucero, piden y ponen a sus niños, siempre muy pequeños, a pedir para comer. Entendamos que es gente que viene del sur del país, con su pobreza como única herencia, con ilusiones cómo único equipaje, y llegan a emprender una lucha para sobrevivir, en un mundo donde sus recursos nunca serán suficientes.
Alguna vez, un funcionario del DIF del estado, comentaba que había muchos casos de niños trabajando, mejor dicho mendigando, en las calles, mientras sus padres los veían. Los mandan a ellos porque despiertan más compasión que un adulto.
Pero no podemos meterlos a la cárcel, porque en su cultura, hasta los niños trabajan. Apenas pueden caminar, todos deben trabajar, ganarse el pan, me decía.
En comunidades donde la pobreza es el pan de cada día, todos tienen que trabajar para vivir. El esfuerzo de uno sólo no alcanza para que todos coman.
No lo entendemos porque la prosperidad en que vivimos en Monterrey nos hace tener niños de 25 años. Muchos jóvenes a esa edad, o mayores, aún son mantenidos por sus papás, y por eso no entendemos cómo puedes tener trabajando a un niño de 3 o 4 años.
La necesidad, la pobreza, tiene cara de hereje, decía la abuela, que mucho supo de eso.
La ley dice que a María le pueden poner muchos años de prisión.
La justicia, si existiera, diría que deberían darle apoyo, un trabajo digno, bien pagado, para que pueda darle de comer a sus hijos, dejarlos en una guardería mientras ella se gana el pan para ellos, y luego, un día enviarlos a estudiar en la universidad para que sean como nosotros, aunque con sensibilidad hacia la pobreza, que los mueva a buscar soluciones, en vez de condenar, a ayudar el pobre en vez de encerrarlo.











