Por Redacción Editorial

Uno de los complejos hoteleros antes del terremoto.
Los daños más severos provocados por los seísmos parecen concentrarse en la ciudad portuaria de La Guaira. Históricamente relegada a ser una puerta de entrada descuidada hacia Caracas, la urbe se encuentra, una vez más, en el núcleo de la desgracia colectiva de Venezuela.
La memoria local alberga fantasmas difíciles de disipar. En 1999, deslaves colosales provocados por lluvias torrenciales sepultaron los barrios marginales que cuelgan de las colinas de la ciudad, dejando un saldo trágico de al menos 15,000 muertes. Aquella catástrofe ocurrió apenas unos meses después de que un divisivo y joven proyecto político asumiera el poder, convirtiéndose en la primera gran prueba de fuego para el entonces presidente Hugo Chávez.
Hoy, el paralelismo histórico resulta ineludible para la actual mandataria del país, Delcy Rodríguez. Miembro del partido gobernante fundado por Chávez, Rodríguez asumió el control del palacio presidencial tras la detención de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses, un movimiento que contó con el beneplácito de Washington. Sin embargo, en las calles la realidad es tensa: la mayoría de los venezolanos percibe su gestión como ilegítima y exige la convocatoria inmediata de elecciones. En este escenario, la eficacia de su respuesta ante la emergencia sísmica no será solo una labor humanitaria, sino el factor definitivo que determine su permanencia en el poder.
Del idilio chavista al abandono estructural

El mismo lugar, después del sismo, en La Guaira.
Capital de uno de los estados más empobrecidos de la nación, La Guaira fue durante décadas el bastión inexpugnable del oficialismo. Hogar de una de las mayores poblaciones de afrodescendientes del país —históricamente uno de los sectores socioeconómicos más vulnerables—, la ciudad se entregó fervientemente al carisma de Chávez. El mandatario, espoleado por la bonanza petrolera de la época, transformó el paisaje urbano con densos bloques de vivienda social y complejos recreativos.
No obstante, el asistencialismo estatal no se tradujo en un tejido económico sostenible. Al día de hoy, parte de la población subsiste gracias a la pesca artesanal, mientras que una gran mayoría se ve obligada a desplazarse diariamente por la sinuosa y peligrosa autopista de montaña hacia la capital, empleándose en el sector de la construcción, la seguridad o el servicio doméstico. Con los años, la falta de mantenimiento convirtió los otrora emblemáticos proyectos de infraestructura del chavismo en monumentos al deterioro o al abandono.
El giro político de La Guaira:
- 1999: Bastión del fervor chavista y escenario de la tragedia de los deslaves.
- Bonanza: Dependencia de la vivienda social y proyectos estatales sin empleo sostenible.
- Transición: Deterioro de la infraestructura y descontento social generalizado.
- Actualidad: Cuna legislativa de la oposición (Juan Guaidó) y termómetro del rechazo al Palacio de Miraflores.
Este declive material provocó una fractura ideológica radical. En los últimos años, La Guaira se alineó con el sentimiento de cambio que recorre el resto de Venezuela. Muestra de este giro fue la emergencia política de Juan Guaidó, quien en 2019 encabezó el gobierno paralelo apoyado por la administración de Donald Trump, y cuyo capital político inicial provino, precisamente, de haber ganado su escaño en el Congreso representando a este litoral. Hoy, entre el polvo del hormigón caído, La Guaira no solo busca a sus supervivientes; también mide el pulso del futuro político del país.











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