Después de la Democracia

Estados Unidos ha sido por décadas el modelo emblemático de la democracia liberal, un sistema que presume garantizar libertades, fomentar el disenso y corregir sus propios excesos.

Sin embargo, sucesos recientes —como la salida de Stephen Colbert de la televisión tras sus críticas al poder o la aplicación de leyes para acallar opositores que no fueron necesariamente hechas para eso— plantean una incómoda pregunta: ¿sigue siendo este sistema realmente democrático o ha mutado en una simulación de pluralismo, donde solo se tolera aquella disidencia que no amenaza el statu quo?

El despido de Colbert no es un caso aislado sino parte de un patrón inquietante. Hay líneas de opinión que lo denuncian fundadamente: el uso de legislación obsoleta, como la Ley de Espionaje de 1917, para perseguir a críticos bajo el ambiguo paraguas de la “seguridad nacional”.

Esto ya no es democracia en su esencia, sino un autoritarismo disfrazado de legalidad. Si el disenso solo es permitido cuando no incomoda al poder, entonces la libertad de expresión se reduce a un eslogan vacío.

Más alarmante aún es la normalización de un doble estándar: figuras alineadas con el establishment gozan de amplia impunidad, mientras voces independientes enfrentan procesos judiciales interminables, linchamiento mediático y domesticación corporativa… o el despido.

Como bien se ha señalado en análisis recientes, esta tendencia no es accidental, sino sintomática de un régimen que privilegia el control sobre la deliberación pública.

Aunque Donald Trump deje la presidencia en cuatro años, su sombra seguirá latente en la política estadounidense. Su retórica divisiva, su desprecio por los contrapesos institucionales y su habilidad para convertir la política en una batalla de lealtades tribales no fueron excepciones, sino la culminación de un deterioro democrático que venía gestándose desde hace años. Lo preocupante no es solo que su influencia persista, sino que incluso sus adversarios adopten sus tácticas.

Como se ha apuntado en columnas recientes, los demócratas, en lugar de desarticular el trumpismo, en ocasiones han replicado su lógica cuando les conviene. La polarización ya no es un arma exclusiva de la derecha; se ha convertido en un juego de ida y vuelta, donde el verdadero perdedor es el debate democrático.

Uno de los rasgos más preocupantes de esta erosión es el uso faccioso de legislación arcaica como herramienta de represión política. Leyes diseñadas en contextos históricos completamente distintos —desde estatutos coloniales hasta normas de la Guerra Fría— son ahora esgrimidas para criminalizar la protesta, silenciar periodistas y justificar medidas draconianas. Esto no es innovación jurídica; es perversión institucional.

Hay análisis que subrayan cómo este fenómeno, aunque global, resulta especialmente grave en Estados Unidos por su papel como supuesto garante de las libertades en el mundo.

Cuando el país que se presenta como faro de la democracia recurre a métodos propios de regímenes autoritarios, el mensaje que envía al resto del planeta es desolador: ni siquiera el sistema más consolidado es inmune a la tentación del autoritarismo.

Se antoja muy difícil convocar a la cordura a una sociedad norteamericana cada vez más polarizada por el embrutecimiento de las redes sociales, la desigualdad económica sin culpables y la homogeneidad ideológica de sus principales partidos, que solo se diferencian por las guerras culturales que oscilan entre extremos woke y ultraconservadores. Esta fragmentación no es casual, sino alimentada por élites que prefieren el conflicto perpetuo al diálogo constructivo.

Así como Roma pasó de la república —con balances de poder distribuidos en varias figuras institucionales— al imperio, Estados Unidos podría transitar de la democracia liberal a una nueva forma de gobierno que diluya contrapesos y concentre el poder en una sola persona: la dictadura constitucional, o el imperio sin máscaras.

Pero si el trumpismo llegó para quedarse como forma de reorganización política o fue una fugaz y peligrosa pesadilla, eso solo lo sabremos cuando se vaya Trump. Lo cierto es que el sistema ya ha absorbido parte de su toxicidad.

Al mundo le quedará esperar; a los norteamericanos, cuidar su democracia mientras puedan. El declive no es inevitable, pero requiere una sociedad dispuesta a defender sus instituciones frente a la seducción del autoritarismo.

La pregunta no es si Estados Unidos sigue siendo una democracia, sino cuánto tiempo podrá seguir siéndolo.

Si el país que alguna vez se erigió como ejemplo de libertades sucumbe al autoritarismo disfrazado, las repercusiones se sentirán mucho más allá de sus fronteras.