Nuestras calles

Por Francisco Zúñiga Esquivel

Las lluvias que cayeron sobre la ciudad en los últimos días agravaron considerablemente el problema de la vialidad, porque los últimos pedacitos buenos que teníamos de pavimento, se remojaron de más y quedaron convertidos en baches.

Pero no son sólo los agujeros en las calles. Es todo el camino.

En Monterrey el mejor negocio es poner un taller de frenos o de suspensiones. Hay millones de clientes, porque los autos se deterioran en mayor grado que los de otras ciudades. Y no es que los regios seamos “lumbres” para los coches, sino la mala calidad de nuestras calles.

Quienes han ido a otros países, se preguntan por qué aquí, donde presumimos de ser casi primer mundo y número uno en calidad, no podemos tener pavimentos sólidos, fuertes, durables. Es como si las dependencias pelearan unas contra otras para ver quienes causan mayor daño.

El Estado dice que las calles son responsabilidad de los Municipios. Sin embargo, todas las obras que no hicieron los otros gobiernos, han causado daños irreparables en las avenidas. Circulen por Miguel Alemán, o por Constitución, por San Jerónimo. En algunos lugares hasta pozos dejaron.

Pero sobre todo, el pavimento queda destrozado, con hundimientos notables porque no fueron hechos para soportar continuamente el paso de los camiones de carga.

Los municipios dicen que no hay dinero porque el Estado no les ha entregado sus participaciones federales, que se destinan, entre otras cosas, al mantenimiento de calles.

Por eso los vehículos se deterioran y sus tornillos se aflojan. Y con baches en todos lados y los dichosos bordos, tan altos que parecen muros, y tan frecuentes que hasta tres por cada cien metros hallamos, no hay coche que aguante el maltrato.

Quizá nuestros gobernantes de todos los niveles tienen mentalidad de rancho, y piensan que Monterrey es todavía un pueblo bicicletero y de carretas. No, porque con casi cuatro millones de vehículos sobre ruedas, más las motocicletas, ya deberían haber pensado hace décadas, en una solución definitiva.

Entendemos que el crecimiento no planeado de la vialidad implide agrandar las avenidas, pero al menos deberían tenerlas en buenas condiciones para no afectar la movilidad.

Este reclamo no es nuevo, hay que reconocerlo. En los periódicos podríamos encontrar un sinfín de quejas por el mal pavimento desde los años sesenta, por lo menos.

Lo que nos hace pensar que ser los número Uno en calidad de calles, es sólo un sueño guajiro más.

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