La Guerra por los hijos causa más daño que la separación

  • Open Talks pone el foco en la obstrucción parental y el impacto del divorcio en los hijos

Por Gustavo Hernández

Monterrey, Nuevo León.- La ruptura de una pareja no siempre pone fin a los conflictos familiares. Cuando hay hijos de por medio, las disputas pueden prolongarse en los tribunales y trasladarse a la convivencia cotidiana, con desacuerdos sobre la custodia, las visitas y las decisiones relacionadas con la crianza.

Esta problemática fue el eje de “La guerra por los hijos”, encuentro organizado por Open Talks el jueves 15 de octubre en Quinta Real, en Monterrey, donde Ana Garduño, Nina Mahsati y Raúl Rodríguez expusieron distintas perspectivas sobre la obstrucción parental, la violencia infantil, las relaciones de género y las consecuencias emocionales de los conflictos entre progenitores.

La discusión cobra relevancia ante la dimensión de las separaciones en el país. De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), durante 2025 se registraron 155 mil 254 divorcios en México, de los cuales 88.3 por ciento se resolvió por la vía judicial. El divorcio incausado representó 66.4 por ciento de los casos y el de mutuo consentimiento, 32.5 por ciento.

Los datos de 2024 muestran que una proporción importante de los divorcios judiciales involucró a matrimonios con hijos menores de edad. En 22.5 por ciento de los casos había un hijo menor, en 16.2 por ciento había dos y en 5.5 por ciento, más de dos.

Aunque estas cifras no permiten determinar la frecuencia de la obstrucción parental ni identificar qué progenitor la ejerce, dimensionan la importancia de las decisiones que se toman después de una separación y de las condiciones en las que niñas, niños y adolescentes mantienen sus relaciones familiares.

Heridas emocionales y el riesgo de convertir a los hijos en instrumentos de conflicto

Durante su participación, Ana Garduño abordó las consecuencias emocionales que pueden derivarse de una ruptura matrimonial, a partir de su experiencia personal, marcada por la separación de sus hijas durante más de dos décadas.

La ponente sostuvo que los conflictos más graves no necesariamente comienzan con el divorcio, sino que pueden tener raíces en las experiencias de infancia, las inseguridades y las decisiones que llevan a una persona a elegir pareja.

“Nadie nos enseña a vivir, ni a relacionarnos en pareja, pero tampoco nos enseñan a terminar”, planteó Garduño al referirse a la falta de herramientas para afrontar el fin de una relación.

Desde su perspectiva, cuando una separación no ocurre en buenos términos, emociones como el resentimiento, la frustración y la ira pueden trasladarse a la relación de los padres con sus hijos, hasta convertir la convivencia en una herramienta de presión o castigo contra la expareja.

Garduño distinguió entre la obstrucción parental, entendida como las acciones que dificultan o impiden el contacto de un progenitor con sus hijos, y la alienación parental, concepto con el que describió procesos de influencia emocional que pueden contribuir al rechazo de uno de los padres por parte del menor.

Su planteamiento apuntó a la necesidad de reconocer las consecuencias que tienen estas dinámicas en la infancia, además de fomentar relaciones más conscientes y cierres de ciclo que eviten prolongar las disputas de pareja a través de los hijos

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