En alguna caja olvidada, seguramente de cartón, confundida en el color de las paredes de lo que fue la casa familiar, en San Pedro de las Colonias, Coahuila, se quedaron olvidadas dos cananas de cuero curtido, ya sin balas, que pertenecieron al Abuelo Juan.
Como en toda diáspora, en la de los Esquivel se cargaba sólo con lo necesario. Algo de ropa, los documentos, el dinero reunido, y alguna de las pocas fotos que en ese tiempo existían. Ninguna, por cierto, del Abuelo luciendo sus carrilleras.
Porque don Juan, así de tranquilo como parecía en su vejez, tuvo su historia, y una vez tomó el rifle para ir a pelear por sus creencias y sus ideales. O tal vez porque le ofrecieron un buen pago que en el lejano pueblo de Santa María del Refugio no había. Pura tierra árida hay por aquellos andurriales, y arrancarle a la tierra un poco de maíz, implica sufrirle, quedarse sin uñas para ararla, y con ilusiones rotas cuando la lluvia no llega a bendecir el trabajo de los hombres.
Será una cosa u otra, el caso es que el entonces joven Juan decidió irse con los alzados. Fue a la reunión, donde les dieron sus cananas, con la promesa de entregarles el rifle una vez que se unieran a la marcha principal.
Nos vamos a las cuatro de la mañana, traigan algo de comer para el camino, les dijo un tipo con cara de sargento, sombrero ancho y botas empolvadas.
Los tiempos se confunden con el paso de los años, y a un siglo de eso, la crónica familiar lo situaba en la revolución. Pero no, fue con los cristeros, porque cuando “la Bola”, donde Juan era un niño.
Esa noche el Abuelo se fue a casa, preparó su caballo, porque trabajador como era, sí tenía su Rocinante. Estuvo cariñoso con los tres niños que ya tenían, y, seguro que sí, especialmente con la Abuela Sara, que no pudo convencerlo de que mejor se quedara. Es mejor hacer patria con trabajo duro que echando bala, pero Juan también creía que el Gobierno no tiene por qué decirle a uno a quien rezarle.
Todo estaba listo, pero ahora sí que Dios dispuso. Pasada la medianoche, Sara, embarazada de nueve meses, comenzó con los dolores de parto. Ándale, Juan, háblale a la comadrona, que este muchacho ya se nos vino.
Mi abuela fue buena para parir, y la prueba son los 13 hijos que tuvo. Doce de ellos crecieron y le dieron 70 nietos. De todos modos, entre lo que se daba la labor de parto, en lo que el chamaco salía, se pasaron las horas, y los aspirantes a soldados de Cristo se fueron y no se acordaron del Abuelo. Y si lo hicieron, entendieron que en ese momento la obligación era con su esposa.
Nació el Tío Piedad. Le jugó la broma a Juan, que no fue a la guerra, y le ayudó en sus plegarias a Sara, que conservó al marido en casa. Seguro por eso siempre fue tan alegre, que nunca perdió la risa.
Se quedaron las cananas como ganancia. El Abuelo Juan nunca se tomó una foto con ellas. Me hubiera gustado verlo joven, alto, flaco, con el rifle en la mano y sus dos carrilleras cruzándole el pecho. No se pudo.
Si no se usaron para la guerra, las carrilleras sí sirvieron para que Chayito, la mayor de las hijas de Juan y Sara, las luciera cada aniversario de la Revolución, cruzadas al pecho, cuando aparecía de soldadera en las asambleas de la escuela, allá en el viejo San Pedro de las Colonias.
HISTORIAS DE FAMILIA: Las Cananas de Abuelo











