En mi pasado cumpleaños recibí un montón de regalos valiosos, que me hicieron feliz.
La dicha de despertar y saltar de la cama al primer intento. El regalo de poder tomar un par de tazas de café sin ser asolado por la gastritis.
Disfrutar de una breve caminata, del sonido de pájaros, perros y motocicletas que conviven en las calles. Pude comer sin restricciones y hasta probar los pasteles que me ofrecieron, sin temor de estar muriéndome con la glucosa alta minutos después.
Sentí los abrazos de la gente que me quiere. Escuche sus palabras y hasta adivine sus sentimientos, todos buenos para mí.
Disfrute de las cosas cotidianas sin recato alguno, y eso fue el mejor regalo. Tener salud para enfrentar el futuro, consciencia plena para disfrutarlo; alegría y proyectos para diseñarlo, amor para desearlo.
También memoria para de vez en cuando sacar los buenos recuerdos y volver a vivirlos.
Todos esos regalos recibí y los valoro, porque a esta edad, dijo alguna vez un amigo médico, todo depende de la genética y de la suerte. Al pensar en los amigos que se han adelantado, comprendo que cada día es un regalo que no debemos rechazar.
También recibí otros regalos que me encantaron, inesperados algunos. Unos tenis rojos, el estuche para la botella peregrina de mezcal, una sudadera que me hace desear tener otra vez 17 años, la loción con la fragancia que me gusta, y sobre todo, mil felicitaciones de quienes me consideran su amigo, y que fueron tantas, que apenas acabe de leerlas.
Con todo eso, ¿cómo no ser feliz?











