Por Francisco Zúñiga Esquivel
La captura de Nicolás Maduro es un mensaje claro para todo el mundo: Todo aquel que se atreva a desafiar a los Estados Unidos, constituya un obstáculo para sus intereses, o de plano le caiga mal, puede correr la misma suerte.
Los derechos internacionales son mera demagogia ante la fuerza de las armas, que, en este caso, es propiedad de nuestro vecino del Norte, porque realmente no existe una fuerza bélica que se le compare, pues puede realizar operaciones militares quirúrgicas sin poner siquiera en riesgo a su gente.
En la captura de Maduro no hubo bajas norteamericanas. Sí, en cambio, 32 guardias cubanos que resguardaban al entonces presidente venezolano. Pero eso son bajas colaterales, dirán los militares.
Lo que nos preocupa es la situación en que queda el resto del mundo. Colombia, Brasil, México incluso, pueden en cualquier momento convertirse en objetivo primordial de los Estados Unidos, y cualquiera de sus presidentes ir encadenado a una corte estadounidense a enfrentar un juicio del cual todos sabemos el resultado de antemano, pues la sentencia ya estaría escrita hace mucho en el escritorio de Donald Trump: Culpable
El caso de Maduro es peculiar. En los doce años que duró en el poder se acumuló un sinfín de denuncias por derechos humanos violentados. Si todo es cierto -y no lo dudamos en absoluto- agarró parejo: hombres, mujeres, niños, amas de casa, trabajadores, empresarios, estudiantes.
Deja un país en la ruina, con millones de venezolanos exiliados para no morir de hambre, con resentimientos en todos los sectores, y otros empobrecidos en sus hogares. Eso bastaría para que el juicio de la historia lo sentencia a la ignominia.
Lo que al Mundo lo preocupa es la falta de respeto por los procedimientos legales. Estados Unidos se convirtió en acusador, en policía, en juez. Al final, el objetivo no era Maduro, sino el petróleo de Venezuela, que para el presidente Trump es propiedad de Estados Unidos.
No asombra la acción y captura de Maduro. Asusta el procedimiento, porque eso implica que pueden emprender una acción militar para detener a cualquier personaje, así sea el Papa o el Dalai Lama, y todo depende del humor con que se levante el Tío Sam.











