Por Francisco Zúñiga Esquivel
Antaño los políticos fingían que el pueblo los llamaba a ser candidatos, y luego simulaban que todo lo hacían en favor de ese pueblo.
Igual que los de ahora, extrañamente se enriquecían, porque si algo no se puede ocultar es el amor y el dinero.
nadie del pueblo pagaría $20,000 por una noche de hotel, por ejemplo. o tendría para comprar un condominio o un edificio.
Vaya no podría vivir sin trabajar el resto de su vida, como hemos visto que lo hacen incluso alcaldes.
El caso es que ahora a nadie le importa fingir, y si las leyes se oponen a los caprichos personales, las drogan o las brincan, como el personaje aquel de la película La ley de Herodes.
Hurgando en la historia, encontré que al original Herodes le decían El Grande porque durante su reinado construyó obras faraónicas y embelleció la Ciudad de Jerusalén. Todo para preservar su nombre hacia la posteridad.
Sin embargo todos lo conocemos por la matanza de los niños en Belén.
Nos daría mucha pena que aquellos gobernantes que hoy canalizan todos los recursos a obras monumentales para lucirse con propios y extraños, en el futuro estemos juzgándolos o recordándolos por sus excesos en perjuicio del pueblo que representan.
No hablamos de nadie en particular, pero si creen que el saco le queda a alguien, vayan y mídanselo, porque a lo mejor hasta le queda chico.
Dicen que la política es el arte de comer mierda y seguir sonriendo. también es el arte de mentir con total desparpajo, como aquellos que aseguran que siempre primero los pobres, y los dejan pasar y no se van con ellos, porque pertenecen a la élite de los ricos.
Nuevos, pero ricos al fin.
Dijo André bretón que México era un país surrealista, en tanto que Mario Vargas Llosa aseguró que veía a nuestro sistema político como una dicta blanda.
Frases irónicas en los tiempos actuales se están quedando cortas ante esta nueva aplicación de la Ley de Herodes, dónde te aguantas y te jodes.











