Juglar en pena

Alguna vez en mis mocedades intenté ser músico.

No es mérito, porque en la vida he intentado ser de todo, y al final no fui nada. Bueno, sólo esto que soy.

En ese entonces, como todo adolescente, no sabía que hay cosas que no se pueden lograr, y nadie me detenía en mis locuras, así que negocié con mi hermano Gustavo -mucho más consciente porque tras dos lecciones se dio cuenta que la música no era lo suyo- y me cambió su guitarra por unas botas.

Lástima que José Alfredo no conoció la historia, porque seguro le habría agregado otro verso -y quizá otro amor- en esa canción donde cuenta que cambió sus canicas por botas de charro.

Ya con mi guitarra, me fui en busca de los amigos músicos que en ese entonces podía ver todos los días, y con un poco de paciencia y mucho empeño, en dos días ya sabía los acordes de todos los círculos musicales, y podía tocarlos sin ver los trastes.

Como juglar en pena, recorrí un sinfín de calles con esa guitarra. Era la compañera que siempre llegaba retrasada en los cambio de acorde durante las serenatas o las tardes bohemias que pasábamos en cualquier plaza o en el porche caritativo de las casas de los amigos.

Seré sincero. Lo mío es escribir, no cantar. Aprendí un montón de canciones para tocarlas, un par de melodías instrumentales con los que apantallaba a los legos, y hasta llegué a entonarme más o menos decentemente.

Fui más loco y poeta que músico. Pero la herencia familiar me ayudó, porque se me la letra de un sinfín de canciones que a veces cantó con acordes desafinados, pero sinceros.

Al fin que lo importante no es cantar bien, sino sentir las ganas -alegres o tristes- de cantar.

Aunque viéndolo bien, mi carrera musical no fue tan mala. Toqué en Bellas Artes una tarde, y me abrieron la puerta.

Y alguna vez, hasta toqué en el escenario donde todos los grandes cantantes cubanos, desde Milanés hasta el desconocido Pedro, iniciaron su carrera. En el Malecón de La Habana.

Felicidades, a mis amigos músicos en este día.