Por Francisco Zúñiga Esquivel/ PERIODISTA
Quien conduce en Monterrey debe tener la paciencia de Job, el aguante de Rambo, los reflejos de Nahuel y la prudencia de una abuela, porque de lo contrario, es complicadísimo sobrevivir.
En general, la gente toma el volante con sumo estrés. Al momento en que sale a la calle, ya va estresada porque el tiempo se acorta, el tráfico siempre es mayor al que uno espera, hay un sinfín de conductores que parecen empeñados en obstruir todo.
Una tarde, entré en las calles de una colonia para evadir los congestionamientos, y veo que en sentido contrario viene otro coche. A ambos lados hay vehículos estacionados, y por tanto, solo hay espacio para que uno pase. Como ya voy a mitad de cuadra, sigo, pero aunque el otro conductor ve que no hay espacio, sigue circulando, y terminamos topándonos en un punto donde uno tenía que devolverse.
Se quedó parado, esperando que yo me diera en reversa cien metros, cuando él sólo ocupaba dos para dejarme circular. Tras un breve intercambio de miradas, entendió que yo me subí en mi terquedad y no me iba a mover, por tanto, metió reversa, y en dos segundos liberó mi vialidad.
Gracias, le dije. Pero apenas pasé, volvió a arrancar, pese a que atrás de mi estaba otro chofer esperando seguir su paso.
Se quedaron atorados ambos, y me pregunto: ¿dónde quedó la amabilidad, la prudencia y la cordura?
Todos quieren pasar y sienten que las calles son exclusivamente de ellos. Si tú circulas dentro del límite permitido, siempre hay uno que viene atrás accionando el claxon para que lo dejes pasar, aunque vayas por el carril de baja velocidad.
Es estrés, dice un especialista que tiene 40 años tratando casos de disfunción social.
Así vivimos, y el tráfico parece ser la vía de escape. Recuerdo un compañero, por cierto, sociólogo, de que era tan paciente, tan lento, que si le regalabas una tortuga de mascota y la sacaba a pasear, se le perdía. Pero apenas subía a su coche, se convertía en un energúmeno.
Todo eso nos hace añorar los tiempos aquellos cuando viajábamos en camión. Eran feos, a veces se quedaban tirados, no tenían clima ni internet, pero pasaban suficientemente pronto como para preferirles en vez del coche propio.
Ojalá un día aparezca una lámpara con un genio que nos conceda ese deseo. Porque lo que es el actual gobierno, ni de chiste resolverá el problema del transporte y la movilidad.











