Derrotar al miedo

En el paisaje político, a menudo enrarecido y e impredecible, de los Estados Unidos, la victoria de Zohran Mamdani como alcalde de Nueva York no es simplemente un cambio de administración; es un terremoto cultural, un rechazo categórico a la política del miedo y una audaz reivindicación de un nuevo léxico para la esfera pública.

Mamdani, un demócrata abiertamente socialista y musulmán, representa la encarnación de un despertar colectivo. Su triunfo es la respuesta tangible de una ciudad, y potencialmente de una nación, hastiada de la intimidación y lista para “crecer un par” y enfrentarse a los desafíos del siglo XXI (21) con un vocabulario de esperanza y justicia, en lugar de pavor y división.

Durante años, el lenguaje del miedo ha sido el arma predilecta de figuras como Donald Trump para amedrentar a los neoyorquinos y al pueblo norteamericano. Palabras como “socialismo” o “comunismo” fueron despojadas de su contexto histórico y conceptual para ser utilizadas como espantajos, como términos-bomba destinados a cerrar cualquier debate y generar una reacción visceral de rechazo.

Esta estrategia; sin embargo, parece haber alcanzado un punto de quiebre. La victoria de Mamdani demuestra que cuando las promesas de la política tradicional se desvanecen frente a crisis de vivienda, desigualdad abismal y un sistema sanitario en crisis, el electorado comienza a buscar respuestas más allá del establishment, incluso si eso significa abrazar las etiquetas que antes se usaban para demonizarlos.

El contexto de esta victoria no puede ser más crucial. Nos encontramos en un momento de profunda crisis para el sistema democrático norteamericano, amenazado por el despotismo de un presidente que descaradamente utilizó los fondos federales como instrumento de presión política, amedrentando a un electorado y socavando la fe en las instituciones.

En este panorama desolador, donde el ideal democrático nunca había parecido tan frágil, la aparición de figuras como Mamdani más allá de parecer anomalías, se vislumbran necesarias. Es la oportunidad para un nuevo escenario que preserve y revitalice la democracia, demostrando que puede ser un sistema que sirva a la gente, más que a los intereses de una élite.

Elegir un musulmán y socialista en una de las ciudades más importantes del mundo envía un mensaje potente: la política de la identidad, cuando se combina con un proyecto de clase, puede ser imparable. Mamdani no elude sus identidades; las empuña como parte de su promesa de un gobierno más inclusivo y equitativo. Su plataforma, centrada en la vivienda como derecho humano, en un sistema de transporte verdaderamente público y gratuito, y en la desfinanciación de cuerpos policiales opresivos, habla directamente a las ansiedades y aspiraciones de una nueva generación de votantes. No pide disculpas por el término “socialismo”; lo redefine como sinónimo de sentido común, de garantizar que en la ciudad más rica del mundo, nadie se quede sin techo, atención médica o dignidad.

El llamado a emanciparse del pavor a ciertos términos es, en esencia, un llamado a la madurez política. El resultado sugiere que los neoyorquinos, y quizás los estadounidenses en general, están comenzando a hacer precisamente eso; dejando atrás los fantasmas de la Guerra Fría y reconociendo que las soluciones a los problemas modernos requieren un nuevo lenguaje. Palabras como “socialismo” están siendo rescatadas del basurero de la propaganda y reconfiguradas para buscar una sociedad más justa.

El camino por delante para el alcalde Mamdani estará lleno de desafíos monumentales. La maquinaria política establecida y los intereses financieros se resistirán ferozmente. Pero su mera presencia en el ayuntamiento de Nueva York ya es una victoria profunda.

Es la prueba de que el miedo puede ser vencido por la esperanza, que la intimidación puede ceder ante la organización comunitaria, y que el lenguaje político del futuro no será definido por los demagogos, sino por quienes se atreven a imaginar un mundo diferente y a nombrarlo sin tapujos. Nueva York ha votado. Esperemos que sea un eco que resuene más allá de sus cinco distritos: un “sí” a la valentía y un rotundo “no” al gobierno del miedo.

Tal vez esa sea una leve luz de esperanza, frente a los tiempos sombríos que parecían instalados con fuerza en el panorama político de la otrora democracia más ejemplar del mundo.