El placer de madrugar

Hay tiempos cuando todos los días parecen domingo, y el principal reto es levantarse y hacer de ellos algo que valga la pena.

Levantarse de la cama, salir a la calle y aspirar el olor de la madrugada suele ser tan gratificante, pues nos dice que estamos vivos y que vale la pena dormir menos y vivir más.

La calle espera, el parque sueña, la hierba disfruta de la caricia amorosa que le da el rocío de la mañana, y despierta, despeinada y verde, a esperar el Sol, que apenas se asoma entre los árboles, cuya altura les da el privilegio de ser los primeros en recibir sus cálidos rayos.

A lo largo del camino un sinfín de bancas solitarias esperan pacientemente que se siente en ellas alguna Penélope madrugadora, pero ésta sigue dormida, viviendo en sueños, pues envejeció junto con Serrat, desilusionada de esperar inútilmente a ese caminante que pensó sería su príncipe azul, hasta descubrir que por el deseo de una quimera perfecta ahuyentó las realidades imperfectas que pasaban a su lado.

Las montañas, lucen su belleza en el marco de un cielo azul, tan limpio como la consciencia de un niño, imposibilitadas para huir de su destino, ancladas por siempre en su madurez que les fija los pies en la tierra.

Sólo la luna, fiel a ultranza, va y viene, pero acude puntual a la cita para abrazar con su mirada a aquellos que insistimos en creer que a quien madruga Dios lo ayuda.