Por Francisco Zúñiga Esquivel
Tenemos un país que está sobre un polvorín, tras décadas de sufrir abusos, corrupción, acosos, delincuencia por todos lados. El ciudadano está cansado.
El asesinato de Carlos Manzo, alcalde de Uruapan, es una clara muestra de la inoperancia que adolece el Estado Mexicano para combatir el crimen.
Ahora vienen los bloqueos de los transportistas, quienes también están cansados de la doble delincuencia organizada: La del crimen que los asalta y les cobra peaje, y la de la autoridad, que los extorsiona con la aplicación arbitraria de leyes y reglamentos, que siempre terminan con la unidad decomisada, a menos que acepten pagar, con simplificación administrativa, el costo de la falta, muchas veces inventada.
Para el Gobierno Federal todas estas acciones son meras cuestiones políticas orquestadas por la oposición. No dudamos que los oportunistas siempre van a aprovechar para llevar agua a su molino, pero indudablemente que lo que se vive en el país es un hartazgo hacia todo: los delincuentes y la autoridad.
Carlos Manzo pidió apoyo para combatir a los cárteles que se han apoderado de Michoacán. Ellos cobran para que el limón, el aguacate, salga sin problemas. Ellos cobran piso hasta a los vendedores de chicles. Ellos circulan libremente, matan impunemente, no se esconden. Todos los ven, menos las autoridades federales.
México ya vivió hace 15 años una contrarevolución, donde Nuevo León se vio atrapado en una situación similar. Con corporaciones policiacas corrompidas a fuerza de sobornos o amenazas, con el crimen organizado amenazando incluso a los grandes corporativas, con la piratería, el chantaje y la extorsión como fuente fuerte de ingresos, los grupos criminales se surtían de suficiente carne de cañón con jóvenes sin esperanza salidos de los barrios populosos.
Sus padres no ganaban lo suficiente para enviarlos a la escuela. Ni siquiera para una vivienda digna. Todos ellos vivían en casas donde hasta tres generaciones convivían en un hacinamiento tal que sólo propiciaba el despertar de las pasiones, el choque de emociones, violencia familiar y el génesis de la semilla delictiva.
De pronto esos muchachos, armados con un fusil, pudieron tomar venganza de la clases pudientes, arrebatándoles vehículos caros, quitándoles propiedades, humillarlos como ellos se sentían humillados.
Lo mismo pasa seguramente en aquellas latitudes. El crimen organizado se alimenta de la pobreza, la ignorancia y el desahucio social de muchas generaciones. Pero ya alcanzó y creó hartazgo, desesperación, en los sectores productivos que no son pudientes, sino emprendedores que a base de esfuerzo y mucho trabajo, de arriesgar capital y vida, han logrado sacarle a la tierra algo de ganancia, y que ahora se ven amenazados por el avance de la violencia y la imperturbabilidad oficial, que prefiere culpar a la oposición de los movimientos sociales.
No debemos confundir. Los poderosos, y hablo de los magnates financieros y políticos de alto nivel, no sufren lo que los ciudadanos. Unos toman sus riquezas y se van a vivir a donde todo esté seguro. Los otros se envuelven en guardaespaldas y se refugian en sus bunkers a donde nadie se molesta en alcanzarlos.
Y al pueblo nada le alcanza ya. Ni siquiera un trozo de demagogia que despierte un poquito de esperanza.











